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martes, 8 de diciembre de 2015

Don Minerote de la Mancha, Pedro Fandos

En fe del buen acogimiento y honra que hace el Grucomi a toda suerte de libros, como mecenas inclinado a favorecer las buenas arte, mayormente las que por su nobleza se abaten al servicio y granjerías del vulgo, he determinado sacar a la luz este Ingenioso Hidalgo Don Minerote de la Macha al abrigo de la clarísima protección de las autoridades que nos gobiernas, a quienes, con el acatamiento que debo a tanta grandeza, suplico lo reciban agradablemente para que ose bien parecer en el juicio de algunos que, no conteniéndose en los límites de su ignorancia, suelen condenar con más rigor y menos justicia los trabajos ajenos. (1)
En un lugar de la Mancha cuyo nombre significa "la mina" por bautizo de la morisca que extrajo de aquellas tierras los jugos minerales que contienen, cuentan que salió al campo, camino de la costa asturiana, en busca de veneros no ha mucho descubiertos, el más audaz de sus mineros andantes, un ingenioso hidalgo que gustaba cabalgar sobre mula torda, tocado con casco de páxara y armado con pica artillera. Tenía complexión recia, era seco en carnes, enjuto de rostro y surcada la piel por las múltiples marcas azules que el rozar de las rocas va dejando a los mineros más audaces a modo de viejas heridas en los frentes de ataque. Tenía el sobrenombre de Minote o Minerote, que esto poco importa a nuestro cuento: basta que la narración de él no se salga un punto de la verdad por cuanto flaco favor se haría a la pretensión que él tenía de defender la ilustre memoria de las virtudes del subsuelo y que defendía como cosa propia de titanes y gigantes.

Narraba por cientos sus venturas y desventuras desde la más tierna infancia, en que se vio forzado a extremar su natural picaresca buscando fortuna en las citadas minas manchegas, hasta la provecta edad en que, frisando los cincuenta, regentaba la recta administración de aquellas instalaciones y gustaba de que le añadiesen el título de "ingeniero" al de hidalgo, de manera que por do quiera que pasaba las gentes le decían ingenioso hidalgo ingeniero Don Minerote de la Mancha.

Nombrado, pues, con esta noble titulación, quiso adentrarse en la más extraña y secreta de sus aventuras como sería dar cara a una mágica piedra que gozaba de la diabólica cualidad de prender en ella la llama y que yacía frente al bravo mar de Asturias en un lugar que el fraile Agustín Montero, de la Orden de los Carmelitas de Valladolid, le había confiado bajo secreto y que hoy, amigo lector, puedes saber que se llama Arances. El mismo fraile le puso en conocimiento de que el propio rey Felipe II el Prudente le había encargado años atrás del envío a Portugal de dos navíos de aquél carbón de piedra de cuyas cualidades esperaba grandes virtudes para España.

Queden para más adelante las muchas sorpresas y peligrosas aventuras que aquél viaje le deparó, porque justo es que previamente sepamos de la gran biblioteca de la cual extraía Don Minerote sus amplísimos conocimientos de la materia en siglo tan avanzado como es ya este decimoséptimo de la era cristiana.

Es de saber que nuestro ingenioso hidalgo ingeniero, los ratos que estaba ocioso -que eran los más del año- se daba a leer libros de minería con tanta afición y gusto que olvidó casi de todo punto otros ejercicios de su profesión y aún la administración de las empresas que le habían confiado; y llegó a tanto su curiosidad y desatino que vendió acciones, concesiones y pertenencias para comprar ejemplares en que solazarse y de todos ninguno le parecía tan bien como el que había compuesto treinta y seis años atrás el magnífico caballero Bernardo Pérez de Vargas, dirigido  al muy Poderoso Señor don Carlos, príncipe de España. Corría, pues, el año 1569 cuando el susodicho Bernardo, hombre letrado en las ciencias de la tierra y como tal honrado de sus  discursos y humilde en sus tareas, emprendió la mayor obra de las artes mineras y metalúrgicas que han visto los tiempos según la docta opinión de nuestro Don Minerote. Así era que guardaba con celo el único ejemplar que había localizado en sus muchas aventuras, tasado a tres maravedíes el pliego. Gustaba de referirse a la obra como "De Re Metallica Hispanica" como desagravio a la leyenda negra de nuestra Patria y como justo desafío a la obra de igual título que se había publicado en Alemania, trece años atrás, a los pocos meses de la muerte de su autor, el médico y mineralogista bávaro Georgius Bauer al que apodaban Agrícola.

De Re Metalica de Vargas
De Re Metalica de Bernardo Pérez de Vargas

- Habéis de saber -decía nuestro hidalgo ingeniero- que es "De Re Metallica Hispanica" obra cumbre de las artes mineras universales pues trata muchos y diversos secretos del conocimiento de toda suerte de minerales, de cómo se deben buscar, ensayar y beneficiar, además de otros secretos e industrias notables, así para los que tratan los oficios de oro, plata, cobre, estaño, plomo, azero, hierro, y otros minerales, como para muchas personas curiosas.

Y proseguía Don Minerote haciendo glosas y comparaciones entre la bávara obra teutona y la brava obra hispánica, con la ecuanimidad con que regía sus opiniones pero con el patriotismo con el que defendía la mayor donosura de la obra de su paisano frente a los entrinchados y manifiestamente plagiados capítulos del sajón Don Jorge Bauer.