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domingo, 14 de junio de 2015

Siéntese y viva más de una vida por Pedro Martínez Rayón

Cuando uno de nuestros conciudadanos fracasa una vez más en otro de sus habituales y desorganizados intento de "autoempadronarse" en la eternidad, suele decirse con mal encubierta envidia, teñida de un poquito de admiración: este tipo tiene más vidas que un gato.
Si los chinos comen con palillos, los ingleses conducen por la izquierda y los esquimales habitan en casas construidas con bloques de hielo, el rasgo identificador de quienes nacimos en suelo ibérico es la envidia. (Si alguno de ustedes no está de acuerdo con la última afirmación, puede dirigir su protesta personal a Fernando Díaz Plaja, autor de "El español y los siete pecados capitales")
Debemos reconocer, no obstante, que, a pesar de las evidentes contrariedades, problemas y dificultades de todo orden inherente al normal ejercicio de vivir, todos desearíamos disponer de más de una vida.
Parecería lógico, pues, creer que las personas más envidiadas deberían ser aquellas que, por una u otra razón, han vivido más de una vez o, por extensión, han adquirido un número tan elevado de experiencias que sería imposible reunir en el corto periodo de duración de una sola existencia.
Sin embargo, no es así.
Yo mismo, sin ir más lejos, carezco de indicios razonables de que se me tenga envidia. 
Y debería tenérseme, pues he vivido muchísimas vidas.
Recordando ahora, un tanto apresuradamente, con Cousteau, he descendido a las profundidades del mar. He viajado en trineo por las heladas tierras del Norte, acompañando a London. He sido testigo del holocausto judío, al lado de Uris. Asistí, junto con Michener, al nacimiento de la isla volcánica que, más tarde, se llamaría Hawai.
En la guerra del 14, seguí la ambulancia que conducía a Hemingway por las polvorientas riberas del Piave. Con Dante, visité el infierno, el purgatorio y el paraíso. Durante cinco semanas, volé en globo capitaneado por Verne.
Ascendí a la cota más alta del Himalaya en la expedición de Hillary. De la mano de Maugham, disfruté de la idílica paz de las islas polinésicas. 
Conozco al dedillo los bajos fondos de París que me fue descubriendo el comisario Maigret.
Tagore me fue iniciando en las sutilezas del alma hindú. Siguiendo a Palacio Valdés, descubrí "la aldea perdida".
Y, en fin, acompañado, instruido, orientado y aconsejado por muchos otros, remonté el Amazonas, fui corresponsal en Corea, trabajé en el laboratorio de los Curie, cacé en África, navegué el Kontiki, soporté la explosión de Hiroshima, presencié la ejecución de Luis XVI, luché contra los franceses a las órdenes del Empecinado, escuche los comentarios de la sociedad americana con ocasión del escándalo Watergate.
Hice estas cosas y muchas, muchísimas que no escribo para no cansar al lector.
Ahora, pensando en todo lo que vi y oí, caigo en la cuenta de que mis discretos mentores jamás expresaron una queja ante mis repentinos cambios de humor, prestándose siempre, sin un mal gesto, a comenzar, suspender o reanudar la tarea emprendida.
Además, he de admitir que todas estas experiencias las he adquirido  viviendo una vida sin riesgos, ajena a las inclemencias del tiempo y a las incomodidades propias de cualquier viaje. Descalzo y en mangas de camisa, durante el verano. Escuchando el murmullo del mar en una playa, o en casa, cómodamente sentado en una butaca, con la música de fondo de Tchaikkovsky.
Hace años Somerset Maugham escribió: "El viajero inteligente viaja sólo en alas de la imaginación"
Y, ¿como podemos viajar con la imaginación? La respuesta a esta pregunta es breve y sencilla. Se la ofrezco gratis: leyendo.
Si, es cierto. La lectura nos hace vivir intensamente. No hay libro, por poco afortunado que sea, que no nos enriquezca.
Probablemente sea la inversión en libros la única que proporciona una alta rentabilidad, dividendos diarios, prácticamente a perpetuidad y exenta de la declaración al Ministerio de Hacienda, y, para redondear la cosa, su transmisión patrimonial resulta totalmente libre de impuestos.

Reflexiones en clave de fa, Oviedo, 1986

sábado, 13 de junio de 2015

Teoría del ronquido. Tipología del roncante por Pedro Martínez Rayón

Según el diccionario médico, el ronquido es el ruido que se hace al roncar. La misma fuente de ciencia define esto último como: hacer un ruido ronco con el resuello mientras se duerme.
Sin embargo, esta definición es, como casi todas, algo muy frío, poco aclaratorio y que puede dejar un tanto a oscuras a quienes no hayan escuchado personalmente ese ronquido especial y exasperante cruce de estertor, gruñido y cloqueo.
Para cuantos, afortunados mortales, no hayan sufrido una o varias noches de conexión involuntaria con un emisor de ronquidos, van estas líneas con las que no pretendo ni dilucidar su origen ni sugerir remedios para su definitiva erradicación.
Aquí no encontrará usted otra cosa que una modesta clasificación sin la menor presunción de estar sentando cátedra.

Y, sin más preámbulos, ahí van una cuantas variedades de ronquido y algunos datos acerca de sus humanos difusores:
1. El ibicenco o "ad libitum"
Es un ronquido que se distingue por su desprecio total de las pautas y reglas observadas en otros más conservadores. Las subidas y bajadas de volumen alternan constantemente con cambios de tono, del agudo al grave, sin decidirse nunca por actuar en plan tenor, barítono o bajo.
Los tipo humanos correspondientes que nos dan la "murga" con este ronquido son los apáticos, los abúlicos y en general quienes carecen de opiniones firmes.
2. El serrucho
Se caracteriza por la emisión encadenada de agudos-graves de igual intensidad y duración aunque con mayor apoyadura en los agudos.
Roncan en clave "serrucho" las personas dotadas de sólida formación musical y, especialmente, los aficionados a la ópera.
3. El wagneriano
Ronquido mayestático, rotundo, sonoro que produce en el ánimo del involuntario escucha una profunda sensación de anonadamiento y el extraño deseo de desaparecer en el anonimato absoluto.
Propio de Gobernadores civiles (incluidos los cesados y retirados), presidentes de consejos de administración, aspirantes al cardenalato y oficiales de juzgados municipales.
4. El ursulino
Dotado de una suavidad engañosa, ni alto ni bajo, es persistente e insidioso. Tiene la característica condición de lo inofensivo e inocuo pero resulta, a la larga, inaguantable como el sonido de una gota de agua que se desprende de un grifo mal cerrado.
Estos roncantes son seres infelices que ignoran si van o vienes; inseguros de lo que realmente desean, poseen una personalidad ambigua, dominada por una constante inhibición hacia el sexo contrario.
5. El intermitente
Es el más ofensivo de los ronquidos. Como las pautas silenciosas se producen a intervalos irregulares, el desconocimiento de las mismas llega a causar una autentica sensación de ansiedad. La espera está tan llena de intensidad como de desazón y desesperanza.
Roncan así los auténticos pelmazos. Esos seres felices que ignoran que su repentina aparición en una tertulia causa la misma consternación que un pedrisco entre los cultivadores del melocotón.
6. El ronquisilbido asmático
Mezcla de pitido y ronquido en ocasiones y separadamente los dos componentes, en otras, esta modalidad produce en los oyentes fumadores un efímero propósito de dejar el tabaco (que se olvida tras el primer café del día), y en los no fumadores el inconfesable temor a un contagio por el oído.
Este ronquido es habitual entre las personas que, en alguna época de su vida, han desempeñado tareas en ferrocarriles y buques mercantes. Es frecuente, también, entre los árbitros de fútbol. 

Existen otras clases de ronquidos que no vamos a describir aquí y ahora por resultar, más o menos, una mezcla de los principales elementos contenidos en los ya descritos.
Entre mis sueños más acariciados se encuentra el de escuchar mis ronquidos en directo, es decir, sin intervención de cintas magnetofónicas o similares. Pero comprendo que va a ser difícil de realizar pues, hasta ahora, siempre que ronco da la casualidad de que estoy dormido.

Reflexiones con sordina, 1986