Ponencia de Rolando Díez González en el 4º Encuentro de Escritores de la Mina celebrado por GRUCOMI en Gijón en el año 2007. Se encuentra recogida en el libro de actas del citado Encuentro.
El trabajo que nos ocupa se desarrolla en el valle del río Nicolasa, llamado así después de la apertura de la mina que daría nombre al mismo, pues, cuando tiene lugar el primer registro de esta explotación minera, la Dirección General de Minas la sitúa a orillas del arroyo de La Oscurera del Valle, que confluye al río Caudal en las inmediaciones del industrioso núcleo de Ablaña. Ello viene a demostrarnos, entre otras cuestiones, la enorme transcendencia que ha llegado a tener en esta zona el enriquecimiento del mineral de carbón de su subsuelo, ya que incluso ha incidido en la modificación de la toponimia tradicional de ciertos elementos de su paisaje geográfico.
El trabajo que nos ocupa se desarrolla en el valle del río Nicolasa, llamado así después de la apertura de la mina que daría nombre al mismo, pues, cuando tiene lugar el primer registro de esta explotación minera, la Dirección General de Minas la sitúa a orillas del arroyo de La Oscurera del Valle, que confluye al río Caudal en las inmediaciones del industrioso núcleo de Ablaña. Ello viene a demostrarnos, entre otras cuestiones, la enorme transcendencia que ha llegado a tener en esta zona el enriquecimiento del mineral de carbón de su subsuelo, ya que incluso ha incidido en la modificación de la toponimia tradicional de ciertos elementos de su paisaje geográfico.
Desde el último tercio del siglo XIX y hasta la década de 1970, Ablaña estaba considerado uno de los centros industriales más importantes del concejo de Mieres, dado que en su entorno se encontraba un importante nudo ferroviario, por el que se distribuía el mineral del carbón de los grupos de Nicolasa, Mariana, Baltasara, Coruja, etc. y, sobre todo, los productos elaborados en las instalaciones de la Fábrica de Mieres. También salían por Ablaña los carbones que la empresa Nueva Montaña Quijano, inicialmente Abella, extraía del pozo Llamas y los que Hulleras de Riosa lavaba en sus instalaciones de La Pereda, procedentes del grupo Blancura y de las minas que explotaba en el citado municipio limítrofe con Mieres.
Este enclave férreo estaba configurado por dos redes interprovinciales de diferente ancho, itinerario y titularidad, pero intercomunicadas y con dependencias comunes. El más antiguo pertenecía a la extinguida Compañía del Noroeste desde su inauguración en 1874 y el más moderno a la denominada Vasco Asturiano, cuya línea entre Oviedo y Ujo entraría en servicio en 1906.
Hoy en día, casi podemos considerar al feraz espacio territorial de este pueblo mierense como un recuerdo histórico, pues sólo quedan algunas ruinas de lo que representó como centro industrial y minero. En este sentido, cabe significar el castillete del pozo Llamas, único en su género y en peligro de derrumbe, para el que, desde este prestigioso foro, hago un llamamiento a quien corresponda para atajar su progresivo deterioro y preservarlo como un elemento destacado de nuestra arqueología industrial. Por lo demás, en este valle sólo se conserva activo el pozo de San Nicolás, que vierte su producción por el túnel de Sueros directamente al lavadero Central del Batán en Mieres, con lo que su actividad pasa casi desapercibida para la exigua y envejecida población del término de Ablaña.
La parte más alta de este valle tiene su culminación en el pico Llosorio, que ronda los 1.000 metros de altitud, hasta cuya misma base llegaban los últimos pisos del grupo Nicolasa de la Fábrica de Mieres. Hoy sólo queda una violentada cumbre con su vértice geodésico, que fue el motivo de su salvación ante la voracidad y la colosal y erosiva maquinaria utilizada hace unas décadas en la explotación a cielo abierto de sus paquetes carboníferos más rentables, económicamente hablando. Y tan es así que el daño ocasionado por este sistema de explotación y sus consecuencias resultan de difícil restauración, máxime si se cuenta con la apatía y la indiferencia de quienes tienen la obligación de preservar el entorno natural. De hecho, las profundas huellas del paso de esta actividad extractiva siguen impertérritas y lamentablemente perceptibles desde varios puntos de la geografía mierense, pues, tras los años transcurridos, nadie ha tomado medidas eficaces para su recuperación paisajística.
En este valle, cuya base arranca de la curva de nivel de 200 m, en el año de 1843, D. José González Longoria, como apoderado de las Compañías Explotadora Ovetensse y Prosperidad, registra las minas de Nicolasa, la Olvidada, la Alta y la Ordoñera.
Años más tarde, el 27 de febrero de 1864, el mismo D. José G. Longoria, esta ver como apoderado de la Fábrica de Hierros de Mieres (Sociedad Hullera y Metalúrgica de Asturias), después de haber cedido estas explotaciones por escritura pública a D. Juan Grimaldi, solicita el aumento de cuatro pertenencias a la Olvidada, lindando al N con la mina Cuesta, al E con las minas Loca y Linda y al S con la misma Loca y la Ordoñera. Asimismo, el Sr. González Longoria por la misma fecha registra el aumento de cuatro pertenencias a la mina Nicolasa, Ordoñera y Experiencia, todas en el mismo valle y de la misma Sociedad Hullera y Metalúrgica de Asturias.
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