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jueves, 10 de marzo de 2016

La nieve que hermana los pueblos, Celso Peyroux

Los últimos druidas
La nieve 
que hermana los pueblos
Celso Peyroux

Siempre unidos estos valles con Las Babias; mozos a las siegas; a los cereales en la estepa que se domina desde las cumbres de Las Ubiñas; en el laboreo de las minas; a pasar el invierno en La Marina asturiana (Las Regueras, Llanera, Siero, Noreña, Gijón…) y regreso, con el canto del cuco, a las tierras donde vuelan las cigüeñas y los pastizales son del color de la menta. Noviazgos, matrimonios, amistades fraternas y familias entrelazadas para toda la vida. Hogazas de pan, estraperlo, compra y venta de ganado y hermanos de sangre por los días de los días. Solo la nieve mansa separaba las dos comunidades cuando caía sin cesar de noviembre a marzo cerrando el paso entre Trobaniello y Las Navariegas. Ahora las nevadas no son tan copiosas -a no ser este año y el pasado- y Ventana está casi siempre abierto gracias a las cuñas, turbofresas de las máquinas y al intrépido personal que las maneja. Siempre así, desde el alba de los tiempos y para seguir. Mañana, por la mañana, estaremos, otra vez,  todos en Babia para disfrutar de la tercera “Raquetada popular” en una nueva fiesta blanca de amistad y convivencia.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Memoria en la nieve, Celso Peyroux

Los últimos druidas
Memoria
en la nieve
Celso Peyroux

"Mi memoria es la memoria de la nieve.
 Mi corazón está blanco como un campo de urces.",
escribía hace años, en un bello poemario, el escritor Julio Llamazares. Y es que en los tiempos que corren tenemos que recurrir a esta dulce y nostálgica potencia del alma para traer ante las retinas el recuerdo de la nieve y su pálpito blanco: se acabaron los muñecos con la bufanda al cuello; la pelea con bolas y los santos sobre su manto con los brazos en cruz; las risas infantiles poniendo un rayo de sol en la nevada; el tejo con su enramada de patriarca besando el suelo cargado de copos; los bandos de aguasnieves que nos traían leyendas de las tierras del norte; la balada del lobo cantor en los peñascos de Paxarina; el lamento aterido de las aves en las noches de enero; los témpanos de cinco cuartas colgando de los tejados de los hórreos; la ronca campana del ayuntamiento con su bronce dolorido; la lumbre en el lar con la alegría de los filandones. Todo era blanco, incluso la mirada y el aliento. Espero, no obstante, un año de bienes.